Batir un récord mundial en cualquier disciplina olímpica es, sin duda, el resultado que todo deportista espera obtener, pero que difícilmente alcanza. Practicar por cuatro años ininterrumpidos durante 16 horas diarias es el sacrificio que debe hacer para conseguir tan preciado logro. Pero, para desgracia de algunos y fortuna de otros, romper una marca no sólo depende de las capacidades físicas del practicante; también intervienen factores externos que influyen en el rendimiento deportivo.

En los Juegos Olímpicos de 1968 se rompieron muchos récords en las pruebas de velocidad en pista y campo —de los 100 a los 400 metros planos—. Por ejemplo, Lee Evans impuso una nueva marca en los 400 metros, al completar la carrera en 43 segundos 86 centésimas, y Jim Hines recorrió 100 metros planos en 9 segundos 95 centésimas. Sin embargo, en las pruebas de resistencia, como el maratón y las carreras de media y larga distancia —de 800 a 10 mil metros—, las marcas fueron deficientes en comparación con años anteriores. ¿A qué se debió ese fenómeno? ¿Sería que los maratonistas echaron la flojera mientras que los corredores de 100 y 400 metros planos practicaron más?

La respuesta radica en que el rendimiento de un atleta depende, en gran parte, de distintos factores geográficos y climáticos:

 altitud: a mayor altitud —respecto al nivel del mar—, menor presión atmosférica y menor oxígeno en el aire. Cuando un atleta corre, el aire que aspira tiene menos oxígeno, lo que le ocasiona hipoxia.1 Entonces, la reacción natural es respirar más rápido, lo que provoca hiperventilación en los pulmones y aumento de los latidos del corazón, y, como consecuencia, cansancio y menor resistencia. Sin embargo, esto puede ser benéfico para los maratonistas que entrenan en esas condiciones: la sangre crea más glóbulos rojos, aumenta su capacidad pulmonar2 y, por tanto, su resistencia, esencial en esta disciplina, se incrementa. Por ello, los maratonistas kenianos tienen como norma entrenar en lugares que se encuentren a 2 mil metros de altura. Precisamente por este principio y por la altura, el maratón de la ciudad de México es el más difícil. En cambio, para los corredores de distancias cortas, la mayor altitud es buena desde el principio, porque lo que cuenta aquí es la velocidad y, a menor presión atmosférica, mayor celeridad, pues la oposición del ambiente disminuye. Un ejemplo claro está en el golf: si vive en la ciudad de México y juega a nivel del mar, seguramente tendrá que pegarle a la bola con un bastón menor.3 para lograr el mismo número de yardas que normalmente obtendría.

humedad: estar o no a nivel del mar también influye, pues, entre más altitud, menor es la humedad del ambiente; así, el cuerpo pierde agua tanto por el esfuerzo físico como por la intensa respiración y corre el riesgo de deshidratarse. En cambio, un atleta que se encuentra a nivel del mar no pierde tanta agua: el ambiente se lo impide.

temperatura: las temperaturas bajas favorecen el esfuerzo constante —como el que implica el maratón—, mientras que las altas ayudan a las actividades de fuerza y velocidad, pues la flexibilidad de los músculos puede mejorar hasta 20 por ciento.

contaminación: el ozono y otros gases provocan que la respiración de un atleta sea más rápida y continua, lo que definitivamente afecta, en mayor medida, a los atletas de fondo.

Así que ya sabe, si entre las cosas que «tiene que hacer» en la vida está romper un récord olímpico, no olvide tomar en cuenta las características del espacio geográfico en el que se encuentra.

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