El 16 de octubre de 2002, el diario francés Le Monde informó que la respetada Real Sociedad de Química de Inglaterra había decidido otorgar una condecoración universitaria a Sherlock Holmes «por su revolucionaria contribución al empleo de la química en la lucha contra el crimen». Para tal efecto se colocó una medalla sobre la estatua del detective de ficción, que se encuentra a la salida de la estación del metro Baker Street, en el centro de Londres.

¿Es justo que un personaje de ficción reciba más crédito que su creador? ¿Por qué estamos más dispuestos a reconocer el genio del personaje que el de quien le dio vida? ¿Y era Conan Doyle un genio? En esta ocasión presentamos la primera de dos partes de un artículo sobre quien hizo nacer al más famoso detective de la literatura. Conan Doyle fue genial en más de un sentido.

Conan, el prolífico

Pocos escritores han tenido el vigor y la consistencia de Conan Doyle en la creación de personajes y relatos. Este escocés de ascendencia irlandesa no merece que se le encasille como autor de un solo género, porque exploró muchos: de la mezcla del género de aventuras y ficción histórica resultan obras como La Compañía Blanca y Sir Nigel, las cuales están fundamentadas en una rigurosa investigación sobre cada detalle requerido para la ambientación de la trama. La Compañía Blanca alcanzó las 50 reediciones en vida de su autor. Fueron igualmente célebres los relatos del brigadier Gerard, publicados en The Strand Magazine entre 1895 y 1903.
Relatos de horror —El parásito—, ciencia ficción —El mundo perdido—, piratas y boxeadores se añaden a la brillante producción de este prolífico autor. El conjunto de sus textos se agrupa en 49 libros de ficción; 41 libros sobre guerra, historia militar y espiritismo; una docena de panfletos; otra de obras de teatro y cuatro libros de versos.

Los méritos de Conan

Por lo que respecta al origen de su fama y fortuna, el primer mérito de Conan Doyle es haber consolidado un nuevo género de la literatura: la novela policiaca. Este tema había sido pobremente explorado y no existía como género literario. El pionero fue Edgar Allan Poe quien, en apenas cinco relatos, estableció las características fundacionales del género: el acusado inocente, el villano improbable, el código secreto, la pista falsa y el crimen imposible.

Doyle incorporó intuitivamente estos elementos, pero, además, aportó uno más: una solución coherente. No era justo que el caso se resolviera sin un razonamiento consistente que partiera de los hechos contenidos en el relato. A esta exigencia estricta de verosimilitud, Conan Doyle añadió una extensa praxis de 40 años: cuatro novelas y 56 relatos sobre Sherlock Holmes, publicados entre 1887 y 1927.

El segundo mérito es Sherlock Holmes mismo. Basado en la sorprendente habilidad de observación de Joseph Bell, profesor de Conan Doyle en la facultad de medicina de la Universidad de Edimburgo, su personalidad es por demás intrincada y ambivalente. Sherlock es un hombre en extremo pragmático, que suele dar mayor importancia al conocimiento que a la moralidad y al reto intelectual que a la justicia. Además, al tiempo que su razonamiento es frío y calculador, incapaz de pasiones amorosas, sabe apreciar la belleza en un paisaje o en la interpretación de un músico.

No deje de leer el resto de los méritos de Conan Doyle y más datos sobre su vida la próxima semana.

(Algarabía 30, Literatura)

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