La relación privilegiada que por 32 años ha tenido México con Estados Unidos se estropeó.

El gobierno mexicano optó por estrechar lazos con Moscú, que es su socio comercial número 35, en detrimento de la relación con el número uno, su vecino y aliado.

Tal cambio provocó que Estados Unidos ‘empaquete’ a México en Centroamérica, y no como un integrante del bloque de América del Norte.

El deterioro ocurre cuando la administración de este país presentó el mayor presupuesto de la historia para dar trato seguro y humano a los migrantes detenidos.

No pidió un dólar para construir más muro.

Solicitó la legalización de 11 millones de indocumentados –mexicanos, en su inmensa mayoría– que viven en Estados Unidos.

Garantizó la ciudadanía a los dreamers que Trump buscaba deportar.

Con los apoyos –sin distingos– que el presidente Biden entrega a las personas para hacer frente a la crisis, las familias mexicanas han recibido remesas como nunca antes: 14 mil 663 millones de dólares en cuatro meses.

Este año, las remesas que envían los paisanos en Estados Unidos podrían duplicar el monto total de la inversión extranjera directa en México.

¿Por qué se avinagra una relación que tiene los mejores vientos para navegar sin sobresaltos, en beneficio de los dos países?

Lo fundamental no es la apuesta que hizo el gobierno mexicano en favor de Donald Trump en las pasadas elecciones (usted y yo “conseguimos poner a nuestros votantes y ciudadanos al centro y desplazar al establishment o régimen dominante”, le dijo el presidente de México a Trump).

El punto crítico está en lo que ha ocurrido después del triunfo de Biden (un hombre 100 por ciento del establishment, por cierto).

Ven al gobierno de México tan lejos de Washington y tan cerca de Moscú, que les preocupa.

Y envían señales de que México ha dejado de ser una oportunidad de inversiones y alianzas en estrategias compartidas, para convertirse en un problema para Estados Unidos.

Marcelo Ebrard, que no se manda solo, no ha pisado este país desde que asumió Biden, y en ese periodo ya estuvo en Pekín y en Moscú.

La visita a Rusia no fue relámpago, como hacen los cancilleres: estuvo desde el 25 al 29 de abril. El comunicado de la SRE informó que con el viaje “se alcanzó el objetivo se promover la cooperación bilateral y de trazar líneas prioritarias de acción de corto y largo plazo”.

¿Qué “línea de acción de largo plazo” se estableció con Rusia? Ni idea.

De corto plazo, se dijo que la vacuna Sputnik V se envasaría en México a partir de mayo. Estamos en junio y nada.

Muy contento quedó Ebrard de su viaje a Moscú y decidió despedirse, a través de redes sociales, con un mensaje escrito en ruso que remata con “espero volver pronto”.

Eso es hostilidad para Biden, que tiene en Rusia a un adversario explícito por su intromisión en las pasadas y antepasadas elecciones en Estados Unidos.

Los rusos han trabajado directamente para enlodar en el terreno personal a Joe Biden y a su hijo con falsas historias de corrupción en Ucrania.

Según la administración Biden, desde Rusia sale el terrorismo cibernético, que es su nuevo gran enemigo.

Cinco días de camaradería del canciller mexicano en Moscú, y ni un minuto en ningún punto de Estados Unidos desde que se fue Trump, es un hecho que no pasa desapercibido ni es ingenuidad del gobierno mexicano.

La relación va mal.

En lugar de visitar México, el primer viaje del secretario de Estado a Latinoamérica es a Costa Rica.

Y al canciller mexicano lo incluyen en la reunión con sus pares de Honduras, Nicaragua, El Salvador, donde Antony Blinken les pide elecciones libres y limpias.

Ahí en San José, no en México, Blinken se reunió por separado con Ebrard, para hablar “asuntos relacionados con la democracia, la gobernanza y la seguridad”.

Quien sí visitó México fue el subdirector de la CIA, David Cohen, el jueves de la semana pasada.

EL FINANCIERO solicitó a la Agencia Central de Inteligencia el readout de la visita de Cohen, y aún no se ha obtenido respuesta. ¿A qué fue? Sólo sabemos que llegó en un C-130 (Hércules) de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, algo inusual.

La exembajadora de México en Washington, Martha Bárcena, con información privilegiada o imaginación fértil, dijo que había ido William J. Burns, director de la CIA.

Corresponde al gobierno de Estados Unidos aclararlo, pero en el supuesto caso de que también haya ido Burns, tendría razón la embajadora al inquietarse porque la primera visita de un alto funcionario de EU a México haya sido la del director de la CIA.

El fondo es lo que llama la atención, sea Cohen o Burns quien haya ido: a la CIA le preocupa México. Y ellos no actúan directamente en el campo de narcóticos ni migratorio, sino en el de la estabilidad política.

De estabilidad política y gobernanza en México hablaron Blinken y Ebrard ayer en San José.

Tienen sus motivos para estar inquietos: 89 asesinatos políticos en la campaña electoral, de los cuales 35 eran candidatos. Setenta y cinco por ciento de ellos, opositores al gobierno.

Desde que existe el narco (Estados Unidos pidió a México sembrar amapola para obtener morfina durante la guerra de Corea), éste han tenido aliados en la política. Pero nunca tan extendido y ostensible como ahora.

Quitan y ponen candidatos. Matan a plena luz del día sin importar que los filmen. No dejan inscribirse a aspirantes, o les prohíben hacer campañas. Los secuestran.

¿En manos de quiénes van a quedar los estados con litoral en el océano Pacífico?

Hay preocupación por lo que está pasando en México, a juzgar por las señales de enfriamiento.

Si en algún momento hay convulsiones sociales o políticas en territorio mexicano, el problema dejará de ser un asunto interno.

Por ahora, el gobierno de México acusa a Estados Unidos de injerencia electoral, mientras endulza la relación con Moscú.