Dice el famoso tango: “Volver/ Con la frente marchita/ Las nieves del tiempo platearon mi sien/ Sentir/ Que es un soplo la vida/ Que veinte años no es nada/ Que febril la mirada/ Errante en las sombras, te busca y te nombra”. Bueno, pues las nieves han plateado mi sien y hoy siento, como ayer, el soplo de la vida. ¿Veinte años no es nada?

El 11 de septiembre de 2001 formalmente comencé a escribir columnas en la prensa. Ese día, gracias a Roberto Rock, entonces director de El Universal, se publicó mi primera colaboración pagada, ya como colaborador en toda forma de un diario nacional. El editorial criticaba la decisión del presidente Fox de expropiar los ingenios azucareros. Supongo que no mucha gente lo leyó porque ese día, a las 7:48 a.m., se impactó un avión en las Torres Gemelas de la Ciudad de Nueva York.

Recuerdo cómo me enteré de la noticia. Suelo escuchar las noticias cuando me estoy bañando. En esa ocasión sintonizaba el noticiero de Pedro Ferriz de Con, quien informó que una avioneta al parecer había chocado contra el World Trade Center (WTC) de Manhattan. Apuré el baño para ver las noticias por televisión.

Estaba inquieto. Y es que me une un vínculo muy emocional con Nueva York. Ahí viví casi cinco años en la Universidad de Columbia. Años inolvidables de la juventud.

Aunque mi casa quedaba en la parte alta de Manhattan, conocía muy bien las Torres Gemelas, símbolo neoyorkino por excelencia o, como alguien dijo de manera genial, los dos puntos de exclamación donde terminaba la gran prosa arquitectónica de la ciudad. Cuando visitaba la parte baja de Manhattan, solía acostarme en una banca que había en la plaza del WTC para ver la grandeza de esas dos enormes torres cuadradas. En un par de ocasiones subí a su mirador del último piso donde se podía admirar, en todo su esplendor, la gran isla de Manhattan y su corazón verde, el Central Park.

Yo vivía en Nueva York cuando un invernal viernes de febrero de 1993 se llevó a cabo el primer atentado terrorista contra el WTC. Un grupo fundamentalista islámico, financiado por Al Qaeda, explotó un camión con explosivos en el estacionamiento de la torre norte. La intención era tirar los dos rascacielos. No lo lograron, pero mataron a seis personas. Recuerdo perfectamente la rabia de los duros neoyorkinos tan orgullosos de su ciudad. Nadie, absolutamente nadie, se imaginaba que, en menos de diez años, Al Qaeda lograría su objetivo de derrumbar los emblemáticos edificios.

Regreso al 11 de septiembre de 2001. Salí del baño y sintonicé CNN. No había claridad en la información. Se seguía manejando la versión de un posible choque de una avioneta cuando, a las 8:06 a.m. hora de México, se impactó un segundo avión, ahora en la torre sur. Ahí sí me cayó el peso de estar contemplando algo histórico. ¿Qué estaba pasando?

Inmediatamente pensé en mi hermano, que entonces estudiaba su posgrado en la Universidad de Nueva York, muy cerca del WTC. Lo llamé, pero no me contestó. Algo gordo estaba pasando. Se comenzó a hablar de la posibilidad de atentados terroristas. En Washington, evacuaban los edificios públicos incluyendo el Capitolio y la Casa Blanca. A las 8:35 a.m. se estrelló el tercer avión en el Pentágono. Ya no había duda: alguien estaba atacando a Estados Unidos en su mismísimo territorio.

¿Qué es esto?, se preguntaba el mundo entero. ¿Aviones estrellándose contra edificios emblemáticos? ¿A quién se la había ocurrido semejante genialidad diabólica?

El próximo sábado se cumplen veinte años de este funesto acontecimiento. Ha pasado mucho desde entonces. La reacción de Estados Unidos fue tan feroz como ineficaz. Cierto: desarticularon a Al Qaeda y mataron a Osama bin Laden. Pero dejaron un tiradero en Irak y Afganistán. Hoy, el fundamentalismo islámico está vivo y sigue siendo una amenaza para los países de Occidente.

Veinte años es mucho, pero también nada. Cuenta la anécdota que, en 1972, el entonces presidente Richard Nixon le preguntó a Zou Enlai qué pensaba sobre la Revolución francesa. Dicen que el líder chino respondió: “Es demasiado pronto para valorarla”. Creo que lo mismo puede decirse de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001. Es muy pronto para valorar todos los efectos del mayor acontecimiento histórico que nos tocó vivir a mi generación. Ese día cambió al mundo. Yo, por lo pronto, aquí sigo, errante en las sombras, buscando los inolvidables recuerdos de la gran manzana, escribiendo mis columnas y peinando mi sien cada vez más nevada. Veinte años, caray…

 

           Twitter: @leozuckermann