Hace unas semanas, cuando la Cámara de Representantes anunció que iniciaría un nuevo juicio político en contra del entonces presidente Donald Trump, por “incitar a la insurrección” en el asalto al Capitolio el seis de enero, dije que los senadores estadunidenses deberían condenarlo. Lo que estaba en juego era nada menos que el futuro de la democracia liberal en el vecino del norte.

He aquí el caso de un presidente que jugó a la semilealtad con las instituciones democráticas. Cuando le convinieron las reglas del juego, las aceptó. Cuando no, las rechazó.

Trump perdió los comicios de noviembre pasado. Enfurecido, intentó quedarse a la mala. Inventó la historia de un supuesto fraude electoral, azuzó a sus fanáticos para que asaltaran violentamente el Congreso e impidieran la proclamación del candidato ganador, Joe Biden. El intento, sin embargo, fracasó, aunque ese día murieron cinco personas.

Yo no tengo duda: el responsable de esta barbaridad fue Trump.

Las pruebas demostraron cómo el presidente llamó a la rebelión e insurgencia. Además, resultó ser un cobarde que, luego de excitar a sus tropas, fue a esconderse a la Casa Blanca para ver por televisión cómo asaltaban el Capitolio.

Había llegado la hora de rendir cuentas. Los legisladores debían castigarlo con severidad. Condenarlo para que ya nunca pudiera competir por un cargo de elección popular.

Se requería una mayoría calificada de dos terceras partes del Senado para tal efecto. A favor votaron los 50 demócratas más 7 republicanos. Faltaron 10 senadores para alcanzar los 67 necesarios. 43 republicanos votaron en contra de condenar a Trump.

Algunos se escudaron bajo el falso argumento de que ya no era necesario enjuiciar y condenar a un presidente que había dejado el cargo. Otros se mostraron escépticos de las pruebas presentadas por los fiscales de la Cámara de Representantes.

La verdad es que todos le tuvieron un miedo enorme a Trump. Saben de la popularidad del expresidente en sus estados y la posibilidad de perder en las próximas elecciones primarias del Partido Republicano si Trump los desafía poniendo a competir a un candidato leal a él. Ya se habla, por ejemplo, de que a Marco Rubio, senador de Florida, lo podrían desbancar nominando a Ivanka Trump para esa candidatura, ahora que toda esa familia se trasladó a vivir al sureño estado.

Pero, en política, lo que puede ser bueno a nivel local, no necesariamente es bueno a nivel nacional.

Trump es, sin duda, muy popular en los estados más republicanos. Ahí está concentrada la mayoría de su base social. Pero el expresidente ha resultado una calamidad para su partido a nivel nacional. En cuatro años que gobernó perdió la mayoría en la Cámara de Representantes, luego la Presidencia y después la mayoría en el Senado.

La realidad es que, con la nueva demografía electoral de Estados Unidos, no le dan los números al trumpismo para ganar elecciones nacionales. Y mientras Trump siga manteniendo el liderazgo de ese partido, los beneficiarios serán los demócratas quienes, si no la riegan ahora que están gobernando, podrían seguir ganando elecciones del Legislativo y Ejecutivo federales.

El impeachment de Trump era una magnífica oportunidad de los republicanos para sacudirse a Trump. Pero les dio mucho miedo a varios senadores de que luego la base social trumpiana los castigaran en las elecciones primarias del Partido Republicano. En lugar de defender a la democracia liberal de la ola autoritaria trumpista, tomaron una decisión pensando en el futuro de sus carreras políticas comenzando con la próxima elección.

Queda sellado el liderazgo de Trump en el Partido Republicano gracias a la exoneración en su segundo juicio político. Regresará más pronto que tarde. Ya lo anunció. Por lo pronto, quedaron derrotados los republicanos que querían enterrar al trumpismo para reinventarse con nuevas propuestas y candidatos. La amenaza autocrática va para largo en Estados Unidos.

 

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