El origen del Día Internacional de los se remonta al siglo XIX. Los avances técnicos de la Revolución Industrial propiciaron un crecimiento económico y demográfico sin precedentes. Ese nuevo modelo capitalista se tradujo en un éxodo de campesinos que se trasladaban a las ciudades para trabajar en las fábricas, pero las condiciones de vida de la emergente clase obrera eran precarias. La mayoría de los trabajadores estaban sometidos a jornadas de trabajo superiores a catorce horas a cambio de un salario que les obligaba a vivir hacinados en los suburbios más pobres.

Esa situación impulsó el nacimiento del movimiento obrero en Inglaterra, donde la conciencia de la clase trabajadora había empezado a brotar a finales del siglo XVIII. Los primeros precursores del movimiento fueron los luditas, un grupo de artesanos que entre 1811 y 1816 quemaron las máquinas textiles que empezaban a reemplazar a la mano de obra. Desde entonces, las hermandades de trabajadores fueron en aumento. Estas organizaciones, que seguían el modelo de los gremios medievales, reclamaban mejores condiciones laborales y derechos políticos. El primer tipo de organización sindical llegó con el cartismo, un movimiento popular que surgió en el Reino Unido entre 1838 y 1848 para reclamar la instauración de una jornada laboral de diez horas y el sufragio universal masculino.

La jornada de ocho horas, la motivación del 1 de mayo

El movimiento obrero traspasó fronteras a partir de la segunda mitad del siglo XIX, entre otras, por la difusión del marxismo. El pensamiento socialista de Karl Marx ofrecía una crítica al modelo capitalista y defendía la lucha entre la burguesía y la clase obrera. Además, abogaba por una dictadura del proletariado que en última instancia llevara a socializar los medios de producción y abolir las clases a nivel mundial. La internacionalización del movimiento obrero se materializó en 1864 con la creación de la Asociación Internacional de Trabajadores, también conocida como Primera Internacional.

Las reivindicaciones del proletariado llegaron a finales de siglo a . Los sindicatos reclamaban sobre todo una jornada laboral de ocho horas. Por ello, la Federación Estadounidense del Trabajo decidió convocar una huelga general si el Gobierno federal no regulaba el horario de los obreros. El entonces presidente, Andrew Johnson, respondió promulgando en 1868 la Ley Ingersoll, que establecía la jornada laboral de ocho horas. Sin embargo, su incumplimiento movilizó a los sindicatos: el 1 de mayo de 1886, 200.000 trabajadores estadounidenses se unieron al paro general durante tres días.

Las protestas se recrudecieron especialmente en Chicago. Los trabajadores de la capital de Illinois se habían visto aún más afectados por la industrialización tardía y protagonizaron movilizaciones más violentas. Las tensiones aumentaron el día 3, cuando un grupo de policías asesinó a seis empleados de la fábrica agrícola McCormick, quienes peleaban contra los esquiroles que habían ocupado sus puestos de trabajo. Como respuesta, los obreros organizaron una protesta al día siguiente. La revuelta de Haymarket acabó con centenares de obreros detenidos tras la detonación de un artefacto explosivo. Cinco de ellos fueron condenados a la horca en un juicio sin garantías.

Una festividad internacional, pero no en Estados Unidos

Los sucesos de Chicago marcaron un punto de inflexión en el movimiento obrero. A raíz de estos acontecimientos, la patronal estadounidense aceptó la jornada de ocho horas. La Segunda Internacional, que se fundó en 1889, también se movilizó para homenajear a los mártires de la revuelta. De este modo, en el Congreso Obrero Socialista de París de ese año, la organización estableció el 1 de mayo como el Día Internacional de los Trabajadores, instando a las agrupaciones proletarias de todo el mundo a parar su actividad laboral. Desde entonces, la jornada se ha consolidado como un día festivo en casi todo el mundo. Una de las excepciones más notorias, de hecho, es Estados Unidos, que celebra el Día del Trabajo el primer lunes de septiembre: el presidente Grover Cleveland había adoptado la decisión en 1887 por temor a que el 1 de mayo se convirtiera en una fecha de disturbios proletarios.