El 31 de marzo de 1927 nació el líder sindical campesino y activista de los Derechos Humanos  César Chávez, en Arizona. Por ello, este día es festivo federal y varios Estados lo celebran especialmente, fundamentalmente aquellos donde la presencia latina es numerosa, su legado permanece vivo y su recuerdo perdura.

Chávez es el reverso del estereotipo de sindicalista norteamericano que encarnaron tipos como Jimmy Hoffa, siempre de moda en el imaginario colectivo estadounidense y a quien se le han dedicado muchas horas de debate, libros, obras de arte o películas como la reciente “El irlandés” de Martin Scorsese. Hoffa fue un prominente sindicalista del transporte, que condicionó durante 50 años la vida laboral de su país y cuya existencia, salpicada de oscuros episodios, y su desaparición y muerte dieron origen a todo tipo de teorías. Ello incrementó la percepción de que el sindicalismo en Estados Unidos estaba relacionado con la mafia y que sus organizaciones eran poco democráticas, muy corporativas y nada transparentes, lo que abundó en su descrédito. “Los Tigres del Norte”, un grupo musical mexicano muy conocidos por sus letras que entonan las hazañas de los narcotraficantes y otras personas del lumpen, deberían haberle dedicado un narcocorrido a Hoffa, difícilmente iban a encontrar un personaje con tantas credenciales, con una vida tan intensa y una muerte con tantos interrogantes.

Sin embargo, “Los Tigres del Norte” le dedicaron una canción a Cesar Chávez, aunque los protagonistas de sus canciones suelen ver pasar la vida tras las rejas de una cárcel después de una dura condena, como suele ser la norma para mexicanos y chicanos en Estados Unidos. En esta ocasión eligieron a un hombre que representa la ruptura del esquema tan genuinamente americano del sindicato cooptado por la mafia. Chávez organizó algo tan poco glamuroso y ajeno a la espectacularidad mediática o lucrativa como un ejército de campesinos mexicanos pobres de solemnidad, que solo querían vivir menos explotados y con algunos derechos. Este Emiliano Zapata del siglo XX no llevaba sombrero ni lucía bigote ni portaba armas, más bien se dotó de las herramientas de Gandhi: la reivindicación pacífica y la resistencia tenaz.

Chávez fue un héroe a la fuerza, casi sin pretenderlo, tal vez porque su lucha estaba condenada de antemano al fracaso. Nadie pensaba que en Estados Unidos, un campesino de ascendencia mexicana pobre, que tuvo que dejar la escuela muy pronto para ponerse a trabajar en los campos, pudiera aglutinar a  un número considerable de personas y crear un sindicato en California y Arizona que fue el germen de la Unidad de los Trabajadores Agrícolas de América (U. F. W.).

Las aspiraciones y las luchas de este sindicato inicial, eran las mismas que otros grupos organizados muy numerosos diseminados por todo el país, sin seguridad social ni servicios básicos, explotados en jornadas extenuantes y condenados al silencio por falta de medios o por su situación irregular, intentaban una mejora que la exclusión y la xenofobia sureñas impedían. Organizó marchas multitudinarias y sobrevivió a tres huelgas de hambre, la última de las cuales duró 36 días, se fue convirtiendo en un resistente, un referente y, por último, en un icono de los Derechos Humanos y de la cultura popular chicana.

Lo mismo que los “Tigres del Norte” adecentaron su repertorio musical con la machacona letra en honor de César Chávez, el pintor chicano Emigdio Vázquez pintó “El legado de Cesar Chávez” (1997), un mural pintado en el Santa Ana College, en el condado de Orange, en el sur de California. También Emigdio Vázquez fue un chicano pobre que desarrolló una vocación precoz por la pintura y, singularmente, por el mural. De formación autodidacta, llevaba en sus venas y en su pincel, el legado mayúsculo del muralismo mexicano que puso esa técnica de colosales dimensiones en el mapa de arte contemporáneo. Pintor de índole social y deudor de José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros y Diego Rivera, los grandes muralistas mexicanos de los años 20, y 30 del siglo XX, su sueño fue trasladar a “la soleada California” la monumentalidad con la que Rivera, por ejemplo, adornó el Palacio Presidencial de la Ciudad de México y otros lugares de dentro y fuera del país. Esa corriente artística del mural, esa corriente telúrica, se inició mucho antes que Rivera, Orozco y Siqueiros la popularizasen y que en el sur norteamericano Vázquez completara con sus frescos de frontera.

Las flores que cultivó se esparcieron hasta formar un complejo cosmos de 400 pinturas y 22 murales en el conservador Condado de Orange, donde la narrativa pictórica que desarrolló buscó retratar con dignidad el mundo del trabajo precario, semiesclavo, en régimen de servidumbre.

César Chávez no fue un santo, fue un sindicalista que con sus virtudes y defectos trascendió su propio ámbito y hoy lo evocan los corridos, los murales y el día festivo que lleva su nombre pero sobre todo, su legado permanece vivo y su trabajo no fue en vano.

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FuenteEl País Canario
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